“Pronunciamiento sobre la cocina como territorio”

Mi abuela Marina tenía un ritual que, con el tiempo, comprendí como una forma de transmitir memoria: cuando nacía una niña, lavaba sus pequeñas manos con una mezcla de especias —clavo, canela, comino, albahaca, romero y hierbabuena—, murmurando que así "nunca perdería la sazón". Ese gesto, aparentemente sencillo, contenía una herencia simbólica profunda: el acto de cocinar no era solo una práctica doméstica, sino una manera de inscribir el mundo en el cuerpo, de marcar con el olor, el sabor y la textura, el vínculo con la tierra y con la comunidad. La cocina, bajo su mirada, no era un espacio menor, sino el corazón de la casa; el territorio donde los saberes se gestan, se transforman y se comparten.
"Recetarios vivos: la cocina como territorio" nace desde esa memoria, desde la necesidad de recuperar las historias que se traman entre ollas, manos y fuegos. Aquí, la cocina se concibe como un espacio afectivo y político donde convergen la memoria, la identidad y el cuidado. Cocinar —como dice bell hooks (1994)— puede ser un acto de resistencia y amor, una práctica que sostiene la vida y las relaciones. La transmisión de recetas, técnicas o ingredientes es también una forma de continuidad cultural, una pedagogía encarnada que resiste al olvido.
Los saberes culinarios son, como propone Bachelard (1957), una "poética del espacio", donde la casa —y en especial la cocina— representa el lugar del cobijo y la fecundidad. Allí se condensa la vida cotidiana, la experiencia sensorial y la memoria colectiva. Cada alimento preparado lleva consigo una historia de manos, de territorios, de tiempos. Cocinar es una forma tangible de dar amor, de compartir, de estar y de sostener; es también un acto de configuración del mundo, una manera de situarse en la trama de la existencia.
El alimento no solo nutre el cuerpo, sino que estructura la identidad. Como señala Carole Counihan (1999), las prácticas alimentarias son vehículos de significados culturales, relaciones de poder y afecto. Así, cocinar se convierte en una práctica situada, un modo de comprender quiénes somos, cómo nos vinculamos con el entorno y qué memorias sostenemos a través del tiempo.
"Recetarios vivos" busca entonces activar la cocina como territorio simbólico, espacio de creación y archivo vivo de la experiencia. Al reunir relatos, gestos, recetas y memorias, el proyecto propone una lectura de la cocina no como un lugar de confinamiento, sino como un centro de saberes enraizados en el cuerpo, la palabra y el afecto. Recuperar la memoria de mi abuela Marina —y de tantas otras mujeres que cocinan el mundo desde la intimidad del fuego— es también una forma de reconocer que el conocimiento culinario es, en sí mismo, un acto de resistencia, de amor y de permanencia.
Referencias
Bachelard, G. (1957). La poética del espacio. Fondo de Cultura Económica.
Counihan, C. (1999). The anthropology of food and body: Gender, meaning, and power. Routledge.
hooks, b. (1994). Teaching to transgress: Education as the practice of freedom. Routledge.